jueves, 6 de junio de 2013

UNA DIVISIÓN NO TAN SIMPLE

LA DIVISIÓN SIMPLE, LA DIVISIÓN EXACTA Y LA DIVISIÓN PERFECTA

“Tres días después, nos aproximábamos a una pequeña aldea –llamada Lazakka- cuando encontramos, caído en el camino, a un pobre viajero herido.
Socorrímosle y de sus labios oímos el relato de su aventura.
Llamábase Salem Nasair, y era uno de los más ricos negociantes de Bagdad. Al regresar, pocos días antes, de Bassora, con una gran caravana, fue atacado por una turba de persas, nómadas del desierto. La caravana fue saqueada, pereciendo casi todos sus componentes a manos de los beduinos. Sólo se había salvado él, que era el jefe, ocultándose en la arena, entre los cadáveres de sus esclavos.
Al terminar el relato de sus desgracias, nos preguntó con voz angustiosa:
-          ¿Tenéis, por casualidad, musulmanes, alguna cosa para comer? ¡Estoy casi muriéndome de hambre!
-          Tengo solamente tres panes – respondí.
-          Yo traigo cinco – afirmó a mi lado el “Hombre que calculaba”.
-          Pues bien – sugirió el sheik [Término respetuoso que se aplica, en general, a los sabios, religiosos y personas respetables por la edad o posición social]; juntemos esos panes y hagamos una sociedad única. Cuando lleguemos a Bagdad os prometo pagar con ocho monedas de oro el pan que coma.
Así hicimos, y, al día siguiente, al caer la tarde, entramos en la célebre ciudad de Bagdad, la perla de Oriente.
Al atravesar una hermosa plaza, nos enfrentamos con un gran cortejo. Al frente marchaba, en brioso alazán, el poderoso Ibraim Maluf, uno de los visires [Visir: ministro – Califa: soberano musulmán. Los califas decíanse sucesores de Mahoma] del califa de Bagdad.
Al ver el visir al sheik Salem Nasair en nuestra compañía, gritó, haciendo parar su poderosa escolta, y le preguntó:
-          ¿Qué te ha pasado, amigo mío? ¿Por qué te veo llegar a Bagdad sucio y harapiento, en compañía de dos hombres que no conozco?
El desventurado sheik narró, minuciosamente, al poderoso ministro todo lo que le ocurriera en el camino, haciendo los mayores elogios respecto de nosotros.
-          Paga sin pérdida de tiempo a esos dos forasteros – ordenó el visir.
Y sacando de su bolsa 8 monedas de oro las entregó a Salem Nasair, insistiendo:
-          Quiero llevarte ahora mismo al palacio, pues el Comendador de los Creyentes desea, con seguridad, ser informado de esta nueva afrenta que los beduinos practicaran al matar a nuestros amigos saqueando caravana dentro de nuestras fronteras.
-          Voy a dejaros, amigos míos – dijo Nasair-, más, antes deseo agradeceros el gran servicio que me habéis prestado. Y para cumplir la palabra, os pagaré el pan que tan generosamente me dierais.
Y dirigiéndose al “Hombre que calculaba” le dijo:
-          Por tus cinco panes te daré cinco monedas.
Y volviéndose hacia mí, concluyó:
-          Y a ti, “bagdalí”, te daré por los tres panes, tres monedas.
Con gran sorpresa nuestra, el “Calculista” objetó respetuosamente: - ¡Perdón, oh sheik! La división hecha de ese modo será muy sencilla, mas no es matemáticamente exacta. Si yo di 5 panes debo recibir 7 monedas: y mi compañero, el “bagdalí”, que dio 3 panes, solamente debe recibir una moneda.
-          ¡Por el nombre de Mahoma! – dijo el visir Ibraim, interesado vivamente por el caso-, ¿Cómo justificáis, extranjero, tan disparatada forma de pagar 8 panes con 8 monedas? Si contribuiste con 5 panes, ¿por qué exiges 7 monedas? Y si tu amigo contribuyó con 3 panes, ¿por qué afirmas que debe recibir únicamente una moneda?
El “Hombre que calculaba” se aproximó al poderoso ministro y así le habló:
-          Voy a probaros que la división de las monedas, hecha en la forma propuesta por mí, es más justa y más exacta. Cuando, durante el viaje, teníamos hambre, sacaba un pan de la caja y lo partía en tres trozos, uno para cada uno de nosotros. Todos los panes, que eran 8, fueron divididos, pues, en la misma forma.
Es evidente, por lo tanto, que si yo tenía 5 panes, di 15 pedazos; si mi compañero tenía 3 panes, dio 9 pedazos. Hubo, así, un total de 24 pedazos, de los cuales cada uno de nosotros comió 8. Ahora bien; si de mis 15 pedazos comí 8, di, en realidad, 7; y mi compañero, que tenía 9 pedazos, al comerse 8, sólo dio 1. Los que di yo y el que suministró el “bagdalí” formaron los 8 que comiera el sheik Salem Nasair. Por consiguiente, es justo que yo reciba 7 monedas y mi compañero 1.
El gran visir, después de hacer los mayores elogios al “Hombre que calculaba”, ordenó que le fueran entregadas las 7 monedas, pues a mí sólo me tocaba, por derecho, 1. La demostración lógica y perfecta presentada por el matemático no admitía duda.
-          Esa división – replicó entonces el “Calculador” es matemáticamente exacta, pero a los ojos de Dios no es perfecta.
Y tomando las 8 monedas en la mano las dividió en dos partes iguales, diome una de ellas y se guardó la otra.
-          Ese hombre es extraordinario – exclamó el visir- No aceptó la división propuesta de las 8 monedas en dos partes de 5 y 3, en la que salía favorecido; demostró tener derecho a 7 y su compañero a 1, y acabamos por dividir las 8 monedas en dos partes iguales, que repartió con su amigo.
Y añadió con entusiasmo:
-          ¡Poderoso es Alá! Este joven, además de parecerme un sabio habilísimo en los cálculos de Aritmética, es bueno como amigo y generoso como compañero: Tómalo ahora mismo como secretario mío.”

Fragmento tomado del libro “El Hombre que calculaba”, de Malba Tahan.